miércoles, 29 de enero de 2014

Redemption Song



Me tocó la guardia del amanecer –que, por cierto, es mi preferida- así que tuve el privilegio de avistar tierra. Cabo Verde. Parece trivial, ahora que llegamos a cualquier parte del mundo siguiendo el GPS, como caballos con orejeras. Pero creo que hay un alivio atávico en avistar tierra, cuando esa tierra son islas. Debemos conservar un instinto que nos dice que es crucial, y no fácil, en medio de tanta agua, acertar con estos trocitos de tierra diseminados por el océano, sin pasárnoslos de largo por una mala estima... Tierra a la que agarrar un ancla, a la que afirmar una amarra, a la que oler a árboles, a la que bajar a pasear por entre otra gente que pasea… ¡Tierra! (me lo dije para mis adentros, el resto dormían). Siendo el día de Nuestro Señor de 29 de octubre de 2004. Viernes.

Las cimas áridas de la isla de Santo Antão, vislumbradas muchas millas mar adentro, sobresaliendo por encima de las nubes, un poco a estribor de nuestro rumbo, estaban imponentes. Aún navegamos toda la mañana, y debía de ser mediodía cuando
en una motora destartalada salió a recibirnos Philippe, acompañado de Tuga, su colaborador local. Me pareció arrebatadora la imagen de los mercantes semihundidos, abandonados a achatarrar, en medio de la bahía de Porto Grande.

Tan pronto fondeamos, entre otros muchos veleros distinguí el barco de Eduardo Rejduch de la Mancha. Allí estaba el Charrúa, con sus ojitos pintados en las amuras. La casualidad es que durante la travesía desde Tenerife, (y ya antes, creo, en Lagos) había estado leyendo su libro “Hasta donde me lleve el viento”. Le vi en cubierta, con sus rizos y su bigote, a punto de zarpar; así que di explicaciones confusas a los míos, y a todo correr arrié la neumática (una Avon, recuerdo, indestructible), y allá que me fui, al abordaje.

- ¡Hola, Eduardo! Perdona que te aborde así… sólo quería decirte que me ha gustado mucho tu libro, que me ha acompañado en estos meses de navegación, que me resulta muy insp…

- ¿¡Ah, sí!? ¡Gracias! ¿Cómo os llamás? ¿De dónde sos?

- Me llamo Pablo. Soy español, de Galicia…

- ¡Ah, sos gallego! …¡entonces tenés que conocer a Jorge!

- Eeh…pues creo que no… bueno, sí… En realidad, no: conozco a varios Jorge gallegos, pero ninguno navega, no creo que sea la misma persona… Yo…

- Ya, bueno… Muchas gracias por tu visita, estoy mismo zarpando. Mucha suerte, seguí adelante… ¡alegría!

Algunas palabras más de ánimo, apretón de manos, brazo en alto despidiendo, y allí me quedé, flotando en aquella neumática, con el Monte Cara al fondo... Estos careos entre admirador y admirado, siempre acaban con el admirador, balbuceando, y el admirado, amable, atento, intentando responder a las expectativas. Pero con ese encuentro fortuito tuve la sensación de haberme hecho con un botín precioso. Gracias, Eduardo, donde quiera que estés.

Esa misma tarde bajé a tierra, a explorar, a descubrir. Aún con “sailing feet”, sin tomar siquiera una ducha, que nunca llegó en todo el tiempo que estuvimos en Mindelo (como ducha stricto sensu, quiero decir: estirado y en pie). Lo primero fue ir a la agencia de viajes, a comprar un billete de avión ida y vuelta a España, para resolver ciertos asuntos que me permitieran seguir navegando. En la cola de espera de la agencia, entablé conversación con una chica, con la excusa fácil de recogerle algo que se le había caído al suelo. Debíamos de ser los únicos blancos allí, así que me sentí con cierto derecho de familiaridad racial como para abordarla. Segundo abordaje del día. Se añadía la caradura que te insuflan tantas millas sin tocar tierra, que te crees que estás por encima de todas las normas de urbanidad. Le pregunté, para romper el hielo, “Tú no eres caboverdiana, ¿verdad?”; y me respondió, un poco altiva: “Não: eu sou portuguesa”. Zas, tocado.

Por la noche volví a tierra. Solo. Porque Henrik tiene la liturgia de no desembarcar nunca en el día de arribada (un misterio que aún hoy no he resuelto), y porque las cosas con el Capitán Tan-Tan ya no iban muy bien. Con ese aspecto de náufrago, que te da tener por higiene un balde de agua en cubierta, acabé sentado en la primera planta del Café Musique, que estaba atestado y con los balcones abiertos a la noche cálida. Me tomé una cerveza mientras tocaba en directo un Bius virtuoso, a cuyas actuaciones nos hicimos habituales en las semanas siguientes. Recuerdo que hizo una versión del Redemption song que me puso la carne de gallina. Y que en un momento del concierto tuve la instantánea certeza de que la felicidad existe.


Emancipate yourselves from mental slavery
None but ourselves can free our minds
(Bob Marley)



Su recuerdo nos servirá en adelante, cuando lleguen los días negros que nunca faltan a la cita, para recordarnos que la alegría no es un invento de los inocentes para engañarse a ellos mismos. Nos consta que existe porque la conocimos con ustedes.
(Álvaro Mutis, Abdul Bashur, Soñador de navíos)




Charrúa



Monte Cara

Mercado de peixe





Santo Antão






7 comentarios:

  1. Algo debe de haber en esas islas esperándome, en las ultimas semanas he leído varios libros y blogs donde se las nombra. Incluso he hablado con dos personas que estuvieron en ellas hace unos meses...
    ¿ Existirá la llamada de Cabo Verde ?...
    Una publicación interesante, capaz de transportarme con la imaginacion hasta aquel archipiélago.
    Felicidades y gracias.

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    1. Muchas gracias por tu visita, como siempre, Fernando. Sí, algo de eso existe...
      PS: el otro día estuve estudiando el pormenorizado reportaje sobre engrasado de winches que publicaste en www.masalladelhorizonte.net...¡fantástico!

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  2. Qué historia! se me ha puesto la piel de gallina! La verdad que yo de mayor quiero ser como usted, caballero! Me ha tocado la canción, la utilizaré en uno de mis posts para dedicarte una pizza!!!

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  3. A este mundo de la navegación se puede decir que soy un recién llegado...aprendo mucho de los demás. De sus blogs, sus fotos, sus vídeos siempre saco algo en limpio. Procuro aportar lo poco que voy aprendiendo y descubriendo por mi mismo, es lo menos que puedo hacer.
    Para mi es muy importante contar con vuestra ayuda y expereincia.

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  4. Preciosos texto y fotos, y muy bonita la descripción de la recalada.
    (Hoy me acordé de estas travesías leyendo el "Vagabundo en África" de Javier Reverte.)

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  5. Pablo:
    ¡Acabo de conocer tu blog!
    Maravilloso. Eso si que es... salir a la mar.
    Gracias por tus relatos y experiencia.
    Un abrazo del Antoxo

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    1. Caray, Tati: con lo mucho que (virtualmente) estoy disfrutando y aprendiendo abordo del Antoxo, me hace mucha ilusión tu visita. Gracias por venir, hasta pronto.

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